Séptimo cuento de Juan el de los Colores o El cuento del rey que no era uno, sino dos

(Cuento completo)

Hubo una vez una reina que tuvo dos hijos.

La reina dio a luz a dos primogénitos, ¡qué alegría en el reino!

Tan iguales como dos agujas perdidas en el mismo pajar, tan distintos como dos gotas de agua que nadaran en el mismo océano.

Cuento Séptimo. El rey que no era uno sino dos

Cuento Séptimo. El rey que no era uno sino dos

Uno lloraba y el otro lloraba. Uno dormía y el otro dormía. Uno reía y el otro también reía.

Menos mal que la reina tenía dos ojos y dos manos, dos orejas y dos senos. Al fin y al cabo, cuando nacimos por primera vez, no fuimos uno, sino dos, de modo que quedó dispuesto que la primera madre tuviera todo por duplicado.

Dos ojos para cuidarlos, dos manos para revolverles los cabellos con mimo, dos oídos para escuchar a ambos al mismo tiempo y dos senos para estrecharlos contra ellos.

Los dos príncipes se hicieron niños y se hicieron jóvenes.   Tan difícil era distinguirlos que hasta sus padres los confundían: tuvieron que promulgar un edicto para poner fin a todas las incertidumbres y confusiones:

”           A partir de este momento, y por la potestad que hemos recibido por ser vuestros reyes, hacemos saber que de aquí en adelante vuestros dos príncipes serán sólo uno, aunque sean dos, y que lo que para uno haya, también para el otro habrá, y lo que el uno sea, el otro también será.

Su nombre servirá tanto para el uno como para el otro, y todo lo que tenga el otro, también el uno tendrá.

No habrá, por tanto, más disquisiciones sobre quién de los dos es, pues los dos serán.

Y esto decimos para que quede siempre dicho en los versos y en las canciones, en los campos y en las ciudades, y vaya de boca en boca por siempre jamás.”

 

De esta forma los dos hermanos quedaron todavía más unidos y ya para todos fueron el  mismo, puesto que no había diferencias.

Pero una noche el rey no amaneció. Quedóse dormido en el lecho real con las manos cruzadas sobre el pecho y una sonrisa de paz en el rostro.

Las mujeres y los hombres lloraron hasta hacer rebosar las alcantarillas del reino. Las campanas tañeron hasta quedar fundidas en una lágrima de plomo.

La reina quedó sumida en una tristeza espesa y melancólica, y no quiso ser reina nunca más.

De modo que hubo que decidir quién habría de ser el nuevo rey. La costumbre exigía que fuese el primogénito del matrimonio real. De no cumplirse así, todo el reino desaparecería sepultado bajo las aguas. Dado que el rey y la reina no habían tenido más hijos, ni antes ni después de sus gemelos, era obvio que el primogénito debía ser uno de ellos.

Fue llamada la comadrona del reino para averiguar quién de los dos recibió primero la luz del sol.

– Imposible saberlo, mis señores: salieron unos pies, y cuando estaba acabando el cuerpo y comenzaba la cabeza del uno, asomó también la cabeza del otro. Y como el primero estaba de espaldas, no sabría decir a cuál de los dos lo iluminó antes el sol.

Fue preguntada la reina, y la reina no supo precisar:

– Tal vez fuera el uno, el otro tal vez, pero yo…, ¡yo no lo sé!

Fueron consultados magos y sabias: ninguno fue capaz de asegurar con certeza cuál de los dos era el primogénito. Los árboles de la vida que nacieron y crecieron con ellos eran asombrosamente iguales. Los dientes, las curvas de los dedos y de la piel, todo era parejo en los príncipes.

De modo y manera que se reunió consternado el Consejo del reino sin haber podido dilucidar tan importante cuestión.

– No podemos nombrar un nuevo rey ni buscarlo en tierras lejanas puesto que los príncipes son la legítima descendencia. Eso sólo lo podríamos hacer si los reyes no hubieran tenido hijos.

–  Cierto, cierto: tenemos descendencia, pero, ¡no tenemos primogénito!

– Nombraremos a uno cualquiera: ya que ninguno de nosotros puede garantizar cuál de los dos fue el primero, que el azar decida.

– ¿Y si nos equivocamos? Entonces, tendremos a un segundón en el trono y…, ¡yo no sé nadar!

Alguien intervino desde el fondo del salón:

– Propongo que sean nombrados ambos príncipes como rey. Así no nos equivocaremos: nuestro rey será el primogénito.

Quedaron todos conformes, tanto que el Consejo en pleno redactó el siguiente bando:

“En virtud de las atribuciones que nos han sido otorgadas, este Consejo de regencia tiene a bien anunciar que, tras largas disquisiciones y engorrosas trifulcas, ha quedado dilucidada la real duda que se produjo tras la lamentable muerte de nuestro buen rey.

Para alegría y tranquilidad de todo el reino, proclamamos que nuestro nuevo rey serán los dos príncipes.”

 

Y así quedó escrito y de este modo se hizo: los dos príncipes fueron coronados rey.

Se mandó labrar otra corona de oro y rubíes, otro cetro de plata y un nuevo trono real de sabina perfumada. Se duplicaron uniformes y joyas, sellos reales y monturas.

El pueblo tuvo, al fin, un nuevo rey que no era uno, sino que eran dos.

*  *  *

Pronto, sin embargo, los problemas acuciaron al reino.

Cuando un emisario traía un mensaje, debía presentarlo a los dos hermanos al mismo tiempo, ya que el protocolo exigía que fuera el rey el primero y único que despachara el correo real: ¿a quién dárselo primero, quién lo leería antes?

Reunido el Consejo, se optó por recibir los mensajes divididos por la mitad. En cada una de las partes vendrían las palabras alternas del escrito con el fin de que solamente cuando los dos monarcas leyeran su trozo de carta a la vez la misiva tuviera sentido.

Cuando los chambelanes y ministros del reino acudían a despachar algún asunto, debían postrarse y presentar sus respetos simultáneamente para que ninguno fuera ofendido. ¡Menudo lío, cuerpos, manos y pies desorientados, buscando en donde situarse!

En cualquier caso, quienes peor lo pasaban eran nuestros dos reyes. Todas las mañanas, cuando acudían al palacio a trabajar de rey, se saludaban el uno al otro. Ahora bien, dado que uno era el rey, el otro se sentía obligado a hacerle una reverencia. El otro también se humillaba ante el primero porque, claro está, estaba ante su rey.

De esta guisa continuaban un buen rato, reverenciándose el uno ante el otro, humillándose cada cual lo más posible, en una actitud un tanto ridícula que sólo se interrumpía cuando el desayuno era servido.

Mas con el desayuno en la mesa daban comienzo de nuevo los problemas.

– Coma usted primero, mi majestad.

– No, por Dios, coma usted, mi alteza.

Y como ninguno era capaz de romper el protocolo, día tras día a los monarcas les sentaban las ropas reales un poco más holgadas.

Así era con todo. Que si pase usía, que si no, que hágalo usted, excelencia. Hasta que chocaban contra el quicio de la puerta en su intento de atravesarla al mismo tiempo.

Y esto, al menos, se pudo solucionar haciendo las puertas del palacio más amplias, pero las comidas, los despachos con los habitantes del pueblo, montar a caballo o jugar a pillar, todo era insufrible.

Y los días pasaron de lunes a domingo hasta que una mañana, cansados los dos hermanos de las molestias de ser un único rey, decidieron escaparse por la ventana y se marcharon a la montaña a pescar truchas. Y dejaron al pueblo sin rey, pero con reino. Y como la gente ya no tenía ante quien hacer reverencias, el médico de la espalda compró un teatro de guiñol y se hizo marionetero.

Y nuestros príncipes construyeron una casita de palo en la montaña.

Y fueron muy, muy felices.

Y comieron truchas, claro.

Anuncios