Décimo cuento de Juan el de los Colores o El cuento de la niña que se esfumó

(fragmento)

Érase que se era una niña que se escurría de la ropa que llevaba puesta.   Era tan ligera que los días de tormenta se llenaba el bolso con guijarros del río para que no se la llevara el viento. En su cuerpecito apenas había espacio suficiente para alojar a unos cuantos huesos que se esparcían apretujados unos contra otros. Dos piernitas suspendían milagrosamente su cuerpo en el aire, y los brazuelos terminaban en unas manos delicadas y suaves que parecían de porcelana. Una catarata negra y lacia le caía traviesa por su frente, bañando sus ojos verdes, lindos y profundos. Y tenía una naricilla diminuta que viajaba a horcajadas de sus labios rosados, unos labios que utilizaba para abrir la boca, soplar y, sobre todo, para sonreír.

Cuento décimo. La niña que se esfumó

Cuento décimo. La niña que se esfumó

Entre sus huesitos y el poco de carne que había podido agarrarse a ellos corrían veneros de sangre que regaban el jardín de su corazón, lo único que en aquella niña tenía un tamaño aceptable.   ¿Qué digo aceptable?: un corazón enorme comparado con la talla de la chiquilla, un corazón que parecía haberse confundido de cuerpo…

 

continuará en el libro de Juan el de los Colores

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